Temática

Distancia – desplazamiento

Después de 3 años desde que se desmontaran las instalaciones del último Certamen de Arte Efímero Des-Adarve, regresamos este 2022 para preparar un nuevo Certamen con propuestas llenas de ilusión. Aunque el contexto mediático actual parece haber relegado a un segundo plano la evolución de la pandemia, sin duda su irrupción tuvo un impacto en las vidas de todas las personas y la manera en la que nos relacionamos y habitamos. 

En esta nueva edición de Des-Adarve invitamos a los participantes, artistas, ponentes, relatores, público asistente y personas interesadas, a reflexionar en torno a una temática o concepto binómico que emana inevitablemente de esta situación: 

La distancia y el desplazamiento.

Esperamos las propuestas que interpreten este binomio, conscientes de que su interpretación exige un esfuerzo introspectivo en sí mismo y a continuación compartimos algunas sugerencias o caminos a explorar. ¿Pero qué entendemos como distancia – desplazamiento?

A priori puede parecer que la respuesta a la relación de la temática con la pandemia resulta inmediata: la distancia es la distancia social, principal recurso de protección frente al contagio y base de muchas de las medidas de prevención para la propagación de la pandemia. La distancia operó como dispositivo de protección a través del espacio o, en otras palabras, del desplazamiento del otro que en este caso podía contagiarnos o al que podíamos contagiar. Nos distanciamos para protegernos, ya sea con un filtro como la mascarilla, con dos metros de distancia entre personas, con una semana de aislamiento ante el contagio o, incluso, con el confinamiento colectivo en el que la distancia se establecía entre hogares.

Estas circunstancias habilitaban nuevas formas de relación o de mediación con nuestro entorno. En otras palabras, estas nuevas distancias, en forma de medidas físicas y simbólicas, en las que hemos tenido que aprender a habitar. Han cambiado también nuestras formas de relación y han transformado la forma en la que nos relacionamos con la ciudad y con otras personas. Lejos de querer asumirlas como pasajeras, queremos creer que nos han obligado a tomar conciencia de dónde residimos y cuestionarnos cómo queríamos vivir.

Las circunstancias nos han recordado que no somos iguales, que existen personas vulnerables y que frente a la pandemia lo fueron todavía más. Que las personas que vivían en condiciones precarias sufrieron ese contexto con mayor dificultad. Las diferencias entre las personas dieron a la distancia el significado de desigualdad.

Más allá del contexto de la pandemia, la proximidad, en este caso como recurso metafórico o poético entre la acepción de distancia y la desigualdad, entre el desplazamiento y la diferencia desequilibrada, reside también en otras formas de lenguaje urbano. El ejemplo anterior de desigualdad espacial estaba encarnado en la calidad de las viviendas que unas y otras habitamos durante el confinamiento y el desigual acceso a recursos y servicios como la salud pública, la atención y los cuidados, los medicamentos o la vacuna. Pero también a unas viviendas espaciosas, con buena ventilación, dotadas de zonas exteriores como terrazas o asoleo directo, próximas a espacios libres, a comercio básico o a la naturaleza.

Sin embargo, como decíamos, a la hora de planificar la ciudad, de evolucionar esta en la historia, en la producción misma del espacio, han existido procesos que reproducen otras formas de desplazamiento. Se pueden entender muchas de las transformaciones de la ciudad como resultado del conflicto y la acción desigual de diferentes fuerzas e intereses.

Como resultado de esta correlación el espacio urbano se transforma, se resignifica; sus usos cambian, incluso las personas que lo habitan cambian. Este desplazamiento puede estar motivado por razones políticas y culturales; en la historia de Tudela hay ejemplos como la expulsión de la comunidad judía, o la movilidad forzosa extramuros de la comunidad mozárabe que trajo consigo el recubrimiento del barranco del Queiles (actual Herrerías) y las primeras edificaciones en la zona de Carmen Alta y Baja o Albillo.

Durante el siglo pasado se acuñó el término gentrificación, consistente en un proceso de desplazamiento en las clases populares por parte de clases altas cuyos efectos se han estudiado detalladamente como sustituciones, no sólo demográficas sino también del uso del suelo y del paisaje urbano, a menudo acompañadas por dispositivos de control o privatización del espacio público y las prácticas espaciales que en él se realizan.

La complejidad de estos procesos de producción del espacio hace que estos desplazamientos operen por causas diversas, y hay quien defiende que pueden tomar diferente carácter según las nuevas funciones del espacio que los hacen atractivos, como por ejemplo nuevos visitantes, turistas, etc. El arte urbano no está exento tampoco de participar en estas transformaciones.

Estos cambios en el espacio, cuando afectan a nuestra rutina cotidiana, pueden crear unas condiciones de extrañamiento con el lugar, rompiendo el vínculo que tenemos con el mismo, haciéndonos sentir ajenos o enajenados, como despojados de algo que nos era natural. Este proceso puede despertar, en el mejor de los casos, una nostalgia por el pasado; en el peor, una expulsión física y un rechazo de nuestra identidad.

Pero también hay en la distancia del espacio un componente de relación con el tiempo, una mirada reflexiva hacia pasado y patrimonio, de interacción con el paisaje y lo material, que construyen la identidad simbólica, y una relación con el cuerpo social, con las acciones que llevamos a cabo en el espacio y cómo nos hacen relacionarnos unas con otras a través del mismo.

En definitiva: proponemos, también para cerrar este círculo reflexivo, establecer una distancia en la forma de percibir de manera distinta y crítica el entorno. Una nueva perspectiva externa a la habitual desde la que poder observar. Nos brotan cuestiones sobre cómo ha de ser el entorno en el que deseamos vivir, de quién queremos estar rodeados para compartir nuestro tiempo, a quién queremos tener cerca, cómo nos gustaría que fueran nuestras casas, nuestros barrios y ciudades, qué aspectos de nuestras vidas son importantes, a qué le queremos dedicar nuestro tiempo, qué capacidad tenemos para transformar nuestro entorno y cómo podemos participar e implicarnos en esa transformación.

Así pues, aunque hayamos sugerido un mosaico de referencias, conexiones e interpretaciones, dejamos en vuestras manos el aproximarse y construir un nuevo significado: escuchar a los demás y darles una respuesta o, tal vez, simplemente formular nuevas preguntas.

Des-Adarve es un proyecto en construcción, imaginado, habitado y visitado por personas muy diferentes.

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